Historias de marcas
Cuando en la década de los 70, Tónica Schweppes® consolida sus ventas en España, la empresa comprende que una dificultad para su expansión en este mercado en crecimiento es que los españoles no saben cómo se pronuncia ese nombre tan extraño y por lo tanto les cuesta pedir está tónica en los bares. Por ese motivo, un gran número de anuncios publicitarios de la época se encaminan a repetir fonéticamente su pronunciación “Pida “Sueps”. Como curiosidad indicar (ahora que Tónica Schweppes cumple 225 años) que inicialmente servía en el ejército británico de la India con fines medicinales, ya que los soldados combatían la malaria tomando quinina, mezclada con limón y soda. El resultado, con o sin ginebra, tuvo tanta aceptación que, a la vuelta de las tropas a Inglaterra, se convirtió en una de las bebidas nacionales.
Curiosamente también Coca-Cola® fue creada como medicina para aliviar el dolor de cabeza y las náuseas en 1885 por John Pemberton en Atlanta. Su nombre se debe a que sus componentes fundamentales eran una mezcla de hojas de Coca y Semillas de Cola. Frank Robinson configuró el nombre final de Coca-Cola® y, con su caligrafía, se diseño el logo actual de la marca.
Es fundamental, a la hora de configurar un producto, conocer el impacto que su nombre tendrá en el mercado. Algunas denominaciones han tenido tanta aceptación que la Real Academia de la Lengua ha incluido dichas marcas comerciales como palabras propias del castellano. Claro ejemplo de estos casos son aspirina (inicialmente la marca de Bayer® para comercializar las pastillas con ácido acetilsalicílico), uralita (cuyo nombre proviene del principal componente en su fabricación, que, en la época, se importaba de los montes Urales) o michelín (cuyo gracioso muñeco, que anunciaba los neumáticos de la marca, ha dado nombre a las lorcitas que algunos tenemos, especialmente en la cintura). Otras marcas, como Google®, han sido añadidas como verbo en el Diccionario Inglés (como curiosidad sobre el origen de la palabra, el matemático estadounidense Edward Kasner pidió en los años 30 a su sobrino de 9 años que inventase un nombre para un número enorme, formado por un uno y seguido por cien ceros, a lo que el pequeño propuso googol. De ahí procede el nombre de Google pues conocida es la afición de sus fundadores por las matemáticas)
Ciertos nombres, aún no aceptados por la RAE, se han ido generalizando para designar el producto en lugar de la marca. Así, en España Pladur® es la palabra masivamente utilizada para designar las placas de yeso que se emplean como material de construcción o Pan Bimbo®, que se ha convertido en el genérico del Pan de Molde.
También algunas marcas reciben su nombre de personajes míticos como los aviones Hércules, las cámaras digitales Olympus, los relojes Calipso o la aerolínea Yeti Airlines, que sobrevuela el Himalaya en Nepal.
Por otra parte, un gran número de marcas de automóviles han adquirido el nombre del fundador de la empresa, como Ford® (por Henry Ford, que también da nombre al modo de producción en cadena fordismo), Rolls & Royce® (apellidos de los ingenieros que crearon la compañía) o Ferrari® (cuyo fundador, Enzo Ferrari, comenzó con la creación de la Scuderia Ferrari en 1929, para patrocinar a pilotos aficionados de Módena) Así mismo, a principios del siglo XX, los automóviles Daimler (nombre procedente de uno de sus dueños, Gottlieb Daimler), fabricados en Stuttgart, fueron distribuidos en Austria y Hungría con gran éxito por Emil Jellinek, que denominaba los automóviles con el nombre de su hija, Mercedes. Éste fue el comienzo de la marca Mercedes-Benz® (que también proviene de Karl Benz, otro de los fundador de la empresa).
En ciertas ocasiones, el nombre de la marca tiene un significado específico en el idioma del país en el que se creó la empresa. Por ejemplo, Volkswagen® (en alemán ‘automóvil del pueblo’. El nombre se debe a que en 1930, Alemania lanzó un proyecto para la construcción de un automóvil accesible a un elevado número de personas), BMW® (siglas en alemán de Bayerische Motoren Werke, «Fábricas Bávaras de Motores». Es interesante saber que el símbolo de BMW representa las aspas de los aviones, cuyos motores la compañía fabricaba durante la Segunda Guerra Mundial), la aerolínea irlandesa Air Lingus® (que proviene de la transformación del gaélico Aer Loingeas “flota del aire”) o Mango® (marca española de tiendas de ropa, que recibe el nombre de esta fruta tropical) Como curiosidades, otras marcas españolas, fundadas en el País Vasco, cuentan con significado específico en euskera (Las grandes superficies de Eroski®, “que se puede comprar” o la empresa de mensajería y paquetería Azcar®, cuyo nombre quiere decir “rápido”) Estos mismos ejemplos también los encontramos en ONGs como GreenPeace (en Inglés Paz Verde) o Caritas (en Latín, idioma oficial de la Iglesia Católica, Caridad)
Otros nombres se adoptan debido a acotencimientos históricos, como por ejemplo el cóctel Cubalibre, que recibe su nombre tras la guerra de Cuba, entre EEUU y España, en la que Cuba pasa a ser colonia norteamericana. Los soldados estadounidenses traen a la isla Coca-Cola, que mezclan con el Ron local. Como Cuba había sido “liberada” de la colonización española, empiezan a llamar a la bebida “Cubalibre”. También ciertas bebidas adoptan el nombre de personajes históricos, como el cóctel de vodka y zumo de tomate, Bloody Mary, sobrenombre que los ingleses dieron a la reina María I de Inglaterra, debido a la dura represión que realizó contra los protestantes.
El ejército americano denomina gran parte de su armamento con palabras procedentes de las tribus de indios del norte de América (por ejemplo Tomahawk o Apache), ya que estas palabras siempre se asocian a la libertad y la bravura. Siguiendo esta estrategia de asociar nombres a productos, según el significado del concepto que se quiere expresar, tenemos ejemplos tan claros como las marcas de preservativos Control® y Durex®. También mantienen esta estrategia marcas como The North Face® (marca especializada en ropa, calzado y equipo para escaladores y deportes relacionados con la nieve, que recibe su nombre de la cara norte del Monte Everest) o Decathlon® (gran superficie especializada en deportes, que toma su nombre de la competencia de atletismo que consta de diez pruebas deportivas). Menos conocido resulta el origen de la marca Nike®, procedente de la diosa griega de la victoria, Niké.
Por último algunas anécdotas debidas a que el castellano es un idioma con múltiples singularidades en los distintos países de habla hispana. Como por ejemplo el Nissan® Pajero, cuyo nombre se tuvo que cambiar en España por el Nissan Montero o el Chevrolet® Nova, que en México era objeto de gran cantidad de chistes, ya que “el coche no iba”. Aunque algunas marcas, como Tomtom®, finalmente han sido aceptadas, a pesar de lo arriesgado de su introducción en el mercado hispanohablante.
Estos ejemplos nos indican la importancia a la hora de denominar un producto que vayamos a lanzar a nuestro pequeño mercado. Si en nuestra cafetería creamos un menú denominado noruego, nuestros clientes lo asociarán a un menú frío, probablemente con salmón. Si se trata de un menú valenciano, nuestros clientes esperarán arroz como plato principal.
¿Conocéis alguna anécdota adicional sobre marcas a las aquí indicadas? Son especialmente bienvenidas las de nuestros lectores de Latinoamérica, cuyo número aumenta mes a mes.




3ciram dijo,
5 Enero, 2010 @ 2:46 pm
Leo en el periódico El Mundo del 05.01.2010 (Sección Motor) un reportaje bastante interesante sobre cómo se determinan los nombres de los coches y, concretamente el artículo”…Y con ellos llegó el escándalo”, donde se comentan los problemas en la elección de las denominaciones debidas a confusiones culturales. Como ejemplos, nos hablan de la estupefacción de los hispanohablantes en EEUU con el Mazda Laputa, el prototipo de Ford en los 70 (Ford Corrida), y el Lamborghini Reventón (en honor a un famoso toro de lidia).
En fin, para todos los públicos….