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De victoria en victoria hasta la derrota final

En 1810, justo antes de una importante batalla en Europa, el Mariscal de Campo, con mando sobre fuerzas de varios países, decidió revisar el estado de una sección de sus tropas de avanzadilla, que le habían sido asignadas. El objetivo era comprobar si la estrategia que se había definido para la contienda era la adecuada.

Solicitó información a los artilleros austríacos, sobre el número de cañones en uso y estado general de los soldados. El General que comandaba esta sección informó al mariscal que se encontraban preparados y que los efectivos eran 500 hombres y 100 cañones. En realidad aproximadamente un centenar de hombres estaban enfermos de disentería, pero el General estaba dispuesto a sacarlos a rastras de sus camastros para que participasen en la batalla.

El jefe de cañoneros había estado revisando durante la última semana el estado de las piezas de artillería. En realidad de los 100 cañones, unos 20 estaban prácticamente inservibles, pero había conseguido, utilizando las piezas de unos y de otros, lograr recuperar 7 de ellos. El jefe de los cañoneros estaba bastante satisfecho, porque los otros 13 cañones desmontados podrían servir para reparar los restantes 87. Había informado al General sobre el estado de los cañones una semana antes, cuando se había realizado el recuento inicial, pero no había tenido la oportunidad de actualizar la información. Sin embargo la diferencia entre 100 piezas y 87 tampoco le pareció de gran importancia.

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Ser diferente para ser el mejor

Hace casi un siglo, en un mercadito semanal de un pueblecito de un valle Asturias, un niño de 11 años tenía que atender solo por primera vez su pequeño puesto de algunos productos de su granja. Su padre había caído enfermo la semana pasada y no podía bajar al valle, por lo que nuestro pequeño amigo se tuvo que encargar de todo esa semana.

Lo cierto es que en su casa no había mucha variedad de productos para vender, pero ese día tenía unos huevos de gallina especialmente hermosos. Los preparó entre pequeños balines de paja para que permaneciesen calentitos y la presentación los hizo parecer aún más apetitosos. Como su puestecito era pequeño, estaba un poco alejado de la zona más bulliciosa de la plaza del pueblo y él, con 11 años, era un poco bajito para su edad, creyó que para vender un poco más tenía que hacerse conocer y comenzó a vocear “Huevos frescos, huevos frescos, los mejores huevos frescos de la montaña….”

Lo cierto que es que consiguió llamar la atención de algunas mujeres que pasaban por la zona. Una de ellas, la hija del boticario del pueblo, le pregunto “¿Por qué son los mejores?” a lo que nuestro pequeño amigo contestó “Mis gallinas comen trigo silvestre de la montaña. Que saben vuesas mercedes que es el mejor alimento para ellas. Dan unos huevos hermosos y que muchas veces, tienen dos yemas”

La hija del boticario y otra mujer compraron algunos. Y lo cierto es que cuando los comieron pensaron que eran huevos grandes y sabrosos.

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