De victoria en victoria hasta la derrota final
En 1810, justo antes de una importante batalla en Europa, el Mariscal de Campo, con mando sobre fuerzas de varios países, decidió revisar el estado de una sección de sus tropas de avanzadilla, que le habían sido asignadas. El objetivo era comprobar si la estrategia que se había definido para la contienda era la adecuada.
Solicitó información a los artilleros austríacos, sobre el número de cañones en uso y estado general de los soldados. El General que comandaba esta sección informó al mariscal que se encontraban preparados y que los efectivos eran 500 hombres y 100 cañones. En realidad aproximadamente un centenar de hombres estaban enfermos de disentería, pero el General estaba dispuesto a sacarlos a rastras de sus camastros para que participasen en la batalla.
El jefe de cañoneros había estado revisando durante la última semana el estado de las piezas de artillería. En realidad de los 100 cañones, unos 20 estaban prácticamente inservibles, pero había conseguido, utilizando las piezas de unos y de otros, lograr recuperar 7 de ellos. El jefe de los cañoneros estaba bastante satisfecho, porque los otros 13 cañones desmontados podrían servir para reparar los restantes 87. Había informado al General sobre el estado de los cañones una semana antes, cuando se había realizado el recuento inicial, pero no había tenido la oportunidad de actualizar la información. Sin embargo la diferencia entre 100 piezas y 87 tampoco le pareció de gran importancia.
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