Experiencia es el nombre que damos a nuestras equivocaciones (Oscar Wilde)
En la Edad Media, para poder transportar más producto en el mismo espacio y mejorar su conservación, los mercaderes hervían el vino, para evaporar el agua, que volvía a ser añadida tras el viaje. Cuando en el siglo XII, uno de estos avispados comerciantes decidió evitar este último paso, se creó una nueva bebida conocida como Brandy (del holandés brandewijn; “vino quemado”). Posteriormente se descubrió que si se almacenaba en barriles de madera, la bebida mejoraba considerablemente comparada con el vino original.
En 1839, Charles Goodyear derramó por accidente una mezcla de azufre y caucho sobre una estufa caliente. Cuando comprobó las propiedades de la mezcla, tuvo que vender su idea por falta de capital a Frank Seiberling, que comenzó a desarrollar industrialmente la vulcanización del caucho, proceso básico en la creación de neumáticos.
En 1879, Constantine Fahlberg, que investigaba el alquitrán de hulla, líquido excelente como recubrimiento anticorrosivo, descubrió que una de sus muestras contaba con un sabor dulce especial. Su hallazgo fue la base para la creación de la sacarina, edulcorante artificial en sustitución del azúcar.
En 1895 Wilhelm Röntgen vio los huesos de su mano proyectados en la pared, al experimentar con la radiación que producía un chorro de electrones chocando con una placa de metal. Por casualidad había descubierto los Rayos X.
A principios del siglo XX, el ingeniero textil suizo, Jaques Brandenberger, cuando estaba sentado en la mesa de un restaurante, vio como un comensal había derramado el vino y manchado completamente el mantel. Volvió al laboratorio, intentando descubrir una tela con una capa trasparente que la volviera impermeable. Aunque hizo muchos experimentos, el resultado siempre fallaba, pues la tela quedaba tiesa y quebradiza. Brandenberger se dio cuenta de que la capa impermeable podía utilizarse sola y en 1908 desarrolló una máquina que producía láminas trasparentes, que comenzaron a llamar celofán.
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