Ser diferente para ser el mejor
Hace casi un siglo, en un mercadito semanal de un pueblecito de un valle Asturias, un niño de 11 años tenía que atender solo por primera vez su pequeño puesto de algunos productos de su granja. Su padre había caído enfermo la semana pasada y no podía bajar al valle, por lo que nuestro pequeño amigo se tuvo que encargar de todo esa semana.
Lo cierto es que en su casa no había mucha variedad de productos para vender, pero ese día tenía unos huevos de gallina especialmente hermosos. Los preparó entre pequeños balines de paja para que permaneciesen calentitos y la presentación los hizo parecer aún más apetitosos. Como su puestecito era pequeño, estaba un poco alejado de la zona más bulliciosa de la plaza del pueblo y él, con 11 años, era un poco bajito para su edad, creyó que para vender un poco más tenía que hacerse conocer y comenzó a vocear “Huevos frescos, huevos frescos, los mejores huevos frescos de la montaña….”
Lo cierto que es que consiguió llamar la atención de algunas mujeres que pasaban por la zona. Una de ellas, la hija del boticario del pueblo, le pregunto “¿Por qué son los mejores?” a lo que nuestro pequeño amigo contestó “Mis gallinas comen trigo silvestre de la montaña. Que saben vuesas mercedes que es el mejor alimento para ellas. Dan unos huevos hermosos y que muchas veces, tienen dos yemas”
La hija del boticario y otra mujer compraron algunos. Y lo cierto es que cuando los comieron pensaron que eran huevos grandes y sabrosos.


